El crimen del Martinete (ABC)

Publicado en 12/02/2015 | Por Cristóbal Villalobos | ABC, Artículos, Historia, Málaga

“¿Infanticidio o accidente? Un niño muerto”, titulaba La Unión Mercantil de Málaga en su portada del 13 agosto de 1913, destapando la dramática historia que traería el miedo y la incertidumbre a las casas malagueñas durante más de un año. Un caso mediático, como se dice en estos tiempos, seguido día a día por la prensa local, que nos recuerda, con la distancia tecnológica, a tantos desgraciados casos que salen hoy en día en nuestras televisiones.

Ya desde ese primer artículo los reporteros se dieron cuenta de que se trataba “de un misterio, que mayor no cabe”, pero se afanaron en buscar la verdad y en reconstruir paso a paso las últimas horas de Manolito Sánchez Domínguez, el niño aparecido muerto entre los cañaverales, junto a las tapias de la ferrería del Martinete.

Como un Truman Capote castizo, con más hombría y menos prosa, anticipándose décadas al Nuevo Periodismo norteamericano, el reportero, o reporteros, de La Unión Mercantil, por desgracia no se firmó la crónica, acudió al lugar de los hechos a reconstruir la tragedia.

En la puerta del cinematógrafo Pascualini existían una seria de humildes puestos de avellanas, chumbos y otras chucherías a los que concurría la chavalería. Uno de ellos era propiedad de un humilde matrimonio, Martín y María, que intentaban sacar adelante a sus tres hijos, de doce, nueve años y seis meses de edad.

Destaca la crónica que el primero de ellos era alegre y juguetón pero el segundo, triste protagonista involuntario de esta historia, “era seriecito, uno de esos muchachos que van siempre pegados a la falda de su madre”. Al niño se le vio salir del Pascualini con un “avión”, un pájaro muerto al que el chaval, en un funesto presagio, pretendía desplumar para después comérselo. El hambre en Andalucía hace un siglo.

La madre lo mandó de vuelta al cine, a tirar a la basura al bicho. Ahí se perdió la pista del muchacho, según declaró a la prensa Sebastián, el portero que regaló a Manolito el “avión”. El niño entraba y salía del cine como si fuese su casa, charlaba con los trabajadores, que lo trataban como uno más de la familia. Por eso, cuando acabó la última sesión, y María y Martín habían recogido ya su puesto, pensaron que el niño estaría dormido en el interior del cine, como sucedía a menudo.

Pronto se desató la alarma en el matrimonio, que con la ayuda de los empleados del Pascualini registraron el establecimiento y las calles adyacentes en busca del chico. Ante el infructuoso esfuerzo, acudieron a la Inspección de Vigilancia, en la que tampoco pudieron darles novedades sobre el paradero del niño.

En cuanto amaneció recorrieron todas las instancias oficiales y, al terminar el día sin noticias, el padre acudió a la Asociación de la Prensa. A la mañana siguiente los periódicos daban la noticia de la desaparición en sus portadas.

El 12 de agosto, el rastro de Manolito se perdió el día 7 por la noche, desesperada, la madre era recibida por el Gobernador Civil que, mientras la atendía, oyó como unos chicos comentaban el hallazgo de un niño muerto. La pobre madre pensó enseguida en su hijo y salió corriendo hacia el lugar de los hechos: la Huerta del Coto, junto a la ferrería del Martinete.

Al llegar al lugar, rodeado de curiosos que desconocían la identidad del cadáver, la madre reconoció enseguida a su hijo por las ropas: “!Es mi hijo¡ ¡mi hijo de mi alma!, gritaba la desconsolada madre.

El cadáver, de lado y medio cubierto por las cañas, había sido encontrado por un par de chicos, que iban a llevar el almuerzo a sus padres a una de las fábricas cercanas. Éstos avisaron rápidamente al sargento de Carabineros del puesto más cercano, que se presentó junto a un guardia municipal.

“¿Cómo fue muerto?” Se preguntaba la crónica, aunque quedaba claro, por el estado de descomposición del cadáver, que el pobre niño había muerto hace días. Rápido se presentaron en el lugar de los hechos el juez instructor y el forense, que decretaron el levantamiento del cadáver y la realización de la posterior autopsia.

Los plumillas de la La Unión Mercantil corrieron tras el hallazgo al domicilio familiar, donde entrevistaron a la devastada madre: “estoy segura de que se trata de un secuestro, pues mi Manuel no se separaba nunca de mi lado”. Entrevistaron también a los trabajadores del cine, reconstruyendo de esta manera la historia tal y cómo la hemos contado hasta aquí.

Pronto, por la ciudad, que entonces era poco más que un pueblo, corrieron infinidad de rumores e hipótesis, siendo la más recurrente la que apuntaba a la posibilidad de que un carro lo hubiese golpeado y arrojado a los cañaverales. Otros, apuntaban más bien a que el niño, como había pasado anteriormente en Almería, había sido secuestrado para sacarle posteriormente la sangre.

Por aquellos tiempos existía la creencia supersticiosa, más o menos extendida entre las clases populares, de que ciertas enfermedades, como la tisis, podían curarse bebiendo la sangre de un niño sano. Esta es la razón por la que los crímenes de los conocidos  “sacamantecas” se extendieran por toda la geografía nacional.

A partir de entonces comenzó la investigación judicial, que era seguida día a día por los periodistas, que esperaban a la salida del juzgado al juez instructor para que diera las novedades del caso. Se interrogaron a decenas de personas: trabajadores del cine, vendedores ambulantes, cocheros…, sin que las pesquisas llegaran a ningún punto concreto.

Pasaron los meses, ante el temor constante de los padres malagueños, que temían que le sucediese a sus hijos lo mismo que al pobre Manolito, del que la autopsia confirmó que le habían rajado el cuello y sacado la sangre, hasta que la casualidad hizo dar con los asesinos.

Parece ser que día entró en  la venta de la “Señá Carmen” un niño que debía tener la misma edad que el asesinado y pidió que le llenaran una botella de vino para su madre. Dos hombres, que habían estado bebiendo, comentaron al ver al niño: “mira igual que el Manolito al que le cortamos el gaznate”. Aquellos hombres eran dos conocidos delincuentes llamados José Moreno Tovar (El Moreno) y Francisco Villalba (El Trapero). El tabernero, al poco tiempo, los denunció a la Guardia Civil y fueron detenidos. Los delincuentes confesaron su crimen, pero nunca confesaron a quién le habían vendido la sangre.

Se iniciaron una serie de interrogatorios y careos entre los acusados que la prensa, esta vez a través de El Popular, recogía con pelos y señales. Hasta tres versiones del asesinato llegó a dar “El Moreno”. Al final, los dos detenidos fueron condenados y el asunto quedó zanjado para el alivio de los malagueños: mataron a Manolito Sánchez para que su sangre fuese tomada por un enfermo poderoso, del que los asesinos nunca llegarían a revelar su nombre.

Como posible consumidor de la sangre del niño y, por tanto, instigador del terrible asesinato, los rumores, alimentados por las insinuaciones de “El Moreno” en unas de sus declaraciones, apuntaban al torero Gómez Brailey, fallecido por tuberculosis unos meses después del asesinato de Manolito. Una acusación que, para los periodistas de El Popular, sólo era una mentira más del asesino en su intento de ocultar una verdad que hoy, cien años después, continúa siendo un misterio.

¿Te gusta este artículo?¡Compartelo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *