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El partido de la muerte (Clío)

Publicado en 01/11/2015 | Por Cristóbal Villalobos | Artículos, Historia, Otros

El 9 de agosto de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, mientras  la Wehrmacht cruzaba el río Don y se acercaba a Stalingrado, se celebraba en Kiev un partido de fútbol  que pasaría la historia del deporte rey por sus trágicas consecuencias: “el partido de la muerte”.

Kiev se llenaba de refugiados que huían del todavía imbatible ejército alemán. Malvivían mendigando por las calles en una trágica estampa que provocaría la conmiseración, o quizás el olfato empresarial, de un panadero, que mantenía el negocio gracias a su origen teutónico.

Quiso el azar, o el destino, que aquel panadero, Josef Kordik, fuera un hincha acérrimo del equipo principal de la ciudad, el Dinamo, y que de entre esos miles de vagabundos expatriados por la guerra reconociese  a la otrora estrella del equipo: el portero Nikolai Trusevich.

Pronto comenzaría a reunir en la panadería a los antiguos componentes del Dínamo de Kiev y del Lokomotiv, el otro equipo de la ciudad, hasta formar la escuadra que pasaría a la historia como el FC Start, cuando las autoridades invasoras alemanas vieron en el fútbol la fórmula ideal de entretener a la hambrienta población y a las hastiadas guarniciones ocupantes.

Una tras otra, fueron contándose las victorias: combinados alemanes, rumanos o húngaros fueron cayendo hasta que los ucranios se toparon con un equipo formado por miembros de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, y las temibles SS de Hitler, las milicias del partido Nazi, responsables de las mayores atrocidades durante la guerra.

El Flakelf, como se denominó al equipo, fue humillado por el Start con un 5-1 que sonrojó a las oficiales alemanes, que pidieron inmediatamente la revancha, que se celebraría el 9 de agosto de 1942.

El entretenimiento se había tornado peligroso, pues los ucranios, vencidos, veían  reverdecer tímidamente su espíritu patrio gracias a las exultantes victorias del Start. Los alemanes no podían permitírselo, debían ganar ese partido como fuese.

Cuenta la leyenda que el partido comenzó con la negativa de los jugadores del Start a saludar brazo en alto en el centro del Zenit Stadium, hoy rebautizado como Start Stadium en recuerdo de este legendario combinado.

El encuentro lo arbitró un colegiado alemán, concretamente un general, que como era de prever permitió el juego sucio y violento, única manera que tenían los atléticos alemanes de superar la técnica de los famélicos jugadores ucranianos.

Durante el descanso, mientras los locales vencían 2-1 a los invasores, un oficial alemán se presentó en el vestuario para advertirles de las funestas consecuencias que tendría para ellos salir victoriosos del encuentro. Sin embargo, y aunque los alemanes marcaron un gol una vez dejaron fuera del campo al portero, Trusevich, noqueado por una patada en la cabeza, los héroes ucranios se alzaron finalmente con el triunfo final, sin saber, aunque podían imaginarlo, que aquella gesta que levantaría el ánimo de sus compatriotas, costaría la vida a muchos de ellos.

El encuentro acabaría con un 5-3 final, recordándose más un “no gol” que el resto de los ocho goles marcados por los dos equipos aquel día. El defensa Oleksey Klimenko se hizo con el balón prácticamente en su campo y avanzó, decidido, sorteando a toda la defensa rival. A escasos minutos del final del partido, el defensa del Dinamo llegó a regatear al propio portero alemán pero, en el mismo instante en el que se disponía a lanzar el balón dentro de la vacía portería, se detuvo, miró a las gradas y en un gesto de orgullo y chulería frente al invasor, lanzó la pelota a los espectadores.

Poco tiempo después, la Gestapo arrestaría en la panadería a la mayoría de los integrantes del equipo, oficialmente acusados de pertenecer a la NKVD, la policía política secreta de Stalin. Algunos de ellos fueron llevados al campo de concentración de Siretz, donde Klymenco, Trusevich e Ivan Kuzmenco fueron ejecutados en febrero de 1943.

A partir de entonces, puede que también ocurra en lo ya relatado, se mezcla la leyenda con la propaganda soviética, en un cóctel que nos dificulta sobremanera rescatar la  verdad de esta terrible anécdota acaecida dentro de la inmensa espiral sangrienta de la Segunda Guerra Mundial.

Tras la contienda, los soviéticos se encargaron de engrandecer la leyenda del partido, estatuas en Kiev o varias películas contribuyeron a ensalzar el espíritu patriótico de estos hombres que, quizás, sólo intentaban sobrevivir.

Hoy la polémica sigue su curso y algunas voces niegan la versión soviética: el partido se desarrolló con total normalidad en un clima de compañerismo. Pero lo que nadie niega es el resultado del partido y la posterior muerte violenta de los protagonistas de éste.

Sea como fuere, la leyenda sigue perviviendo entre los hinchas del Dinamo, que aún pueden entrar gratis al estadio si conservan una entrada del día 9 de agosto de 1942.

 

Evasión o victoria

Desconocida en Occidente, la historia saltó el telón de acero en 1981, sirviendo de base para el guión, bien distante de  la realidad, de la película “Evasión o victoria”. Dirigida por John Huston, contó con un elenco de jugadores profesionales (Pelé, Ardiles o Bobby Moore) que fueron capitaneados en lo artístico por Sylvester Stallone, Max von Sydow y Michael Caine.

El combinado ucraniano se convirtió en un equipo formado por prisioneros de guerra aliados, que prefirieron ganar a los invasores antes de aprovechar un plan de fuga. Como es sabido, en Hollywood las cosas terminan mejor que en la realidad y, en esta ocasión, la muchedumbre, exaltada por la victoria, ayudó a los futbolistas a huir del infierno de la guerra a los sones de La Marsellesa. Klimenko o Trusevich no tuvieron la misma suerte.

 Revista Clío (Octubre de 2015)

 

 

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