España y un suicida de Riga

Publicado en 17/12/2012 | Por Cristóbal Villalobos | Artículos, Historia, Literatura

Todos los años el mismo cuento, la misma milonga, que si Constitución para arriba, que si Constitución para abajo, que si sirvió para garantizar la convivencia y la estabilidad de la época más pacífica y venturosa de nuestro país que si, dicen los otros, no es sagrada y debe ser reformada, que si es imperfecta.
El debate sobre la Carta Magna no es un debate real, pues se esconde tras uno mucho más antiguo que la propia Ley, que no es otro que el debate sobre la identidad de nuestro país. Lo que se llamó, por parte de muchos intelectuales que investigaron el tema: “El problema de España”.
Así, cuando la canallería nos sale con modificaciones legislativas, cuando nos dicen que debemos plantearnos el modelo territorial, sobre el que hay que reflexionar de forma urgente y profunda, muchos nacionalistas lo que intentan es introducir, como ellos suelen hacer, con subterfugios y palabras bonitas, el bicho que ser cargue por fin nuestra nación.
A Ángel Ganivet le dolía España, como a Unamuno, lloraba al escribir, como Larra, y por eso acabó tirándose al río Dvina, en Riga, suicidándose por  un amor no correspondido y por una frustración social y patriótica que le llevó al romántico desenlace. Pero antes escribió el Idearium español, una obra de esas que ya nadie se molesta en leer pero que sigue dando claves de importancia en épocas de crisis, aquellas en las que siempre vuelve a florecer la discusión y el trauma del ser español. Un bendición y un castigo a partes iguales.
Decía en su obra Ganivet que, durante la Edad Media, nuestras regiones querían reyes propios, pero no para ser gobernados de forma más eficaz, sino para destruir el poder real. Las ciudades querían fueros que eximiesen de la autoridad real, así como todos los colectivos y estamentos pedían a su vez sus propios privilegios y contrapartidas.
En esta época, dijo Ganivet, casi se consigue llegar al ideal jurídico perseguido en nuestra patria durante siglos. Esto es, que todos los españoles llevásemos en el bolsillo una carta foral, con un artículo único, redactado de forma breve y concisa en los siguientes términos: “Este español está autorizado para hacer lo que le dé en gana”.
Y así, tras siglos y vicisitudes varias, la España autonómica volvió a regurgitar ese espíritu tan nuestro, ese que nos lleva al regionalismo, al nacionalismo, al sectarismo, aquel que nos empuja a no seguir nunca ni un ideal ni una empresa común a partir de la cual podamos crecer como país y como nación. Las televisiones, los periódicos, las plazas,  son un remedo cutre de las dos Españas, con caspa y muy pocas ideas, que se empeñan en envenenarnos, en cabrearnos. Y así nos va.

Málaga Hoy, 11 de diciembre de 2012

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