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Mi último artículo en SUR: Rectificación de la República.

Publicado en 27/08/2014 | Por Cristóbal Villalobos | Artículos, Historia, Málaga, Política

Cuando Ortega publicó, el 15 de noviembre de 1930, su celebérrimo artículo, ‘El error Berenguer’, en el diario ‘El Sol’, el cambio social y político que se había producido en España, desde la formación del gobierno del general Berenguer en enero, había resultado vertiginoso, despertando, según Ortega, «la razón indignada» de España.

Esta razón indignada, que tan familiar nos resulta, no era otra que el profundo sentimiento de rechazo a los vicios y a la indecencia nacional que habían caracterizado lo peor de la dictadura de Primo de Rivera y, fundamentalmente, al devenir político de la Restauración y sus prácticas políticas: las elecciones compradas, el caciquismo, los gobiernos efímeros, el turnismo, los diputados cuneros… El Estado mediocre.

Ortega entendía que el estado español no existía, por lo que urgía reconstruirlo entre todos los españoles, «delenda est Monarchia», concluyó su artículo, apuntando a la imperiosa necesidad de cambiar de régimen para poder regenerar y salvar a la nación. Para ello, el pensador crearía la Agrupación al Servicio de la República en marzo de 1931, siendo acompañado en la aventura por Marañón y Pérez de Ayala, entre otros intelectuales, y llegando, aunque no por mucho tiempo, a obtener presencia en las Cortes.

Cuando Juan Carlos I nos sorprendió con su inesperada abdicación, y Felipe VI sucedió a su padre en el trono, muchos tuvieron la tentación de querer repetir la Historia, creyendo, nuevamente, que un cambio de régimen podría cambiar el destino de España. La sucesión en el trono se produjo, por miedo a esos sectores, no muy numerosos pero sí ruidosos, con más pena que gloria, como si al nuevo monarca le diera miedo excitar a las mismas masas que invitaron a marcharse a Alfonso XIII.

Durante estos meses se han realizado multitud de paralelismos con la proclamación de la II República, sin atender a que la España de 1931 dista enormemente social y políticamente de la del siglo XXI, así como que ese sueño que Ortega, y tantos otros, alumbraba como un soplo de modernidad que cambiaría a España no resultó tal y como ellos esperaban desde sus inicios.

España se dirigía al abismo, Ortega, mente preclara, se dio cuenta al instante de la deriva suicida de la nación y lo denunció en las Cortes, en los periódicos, así como en diversas conferencias, como la multitudinaria que ha pasado a la historia bajo el título de ‘Rectificación de la República’, pronunciada el 6 de diciembre de 1931.

En esta conferencia diseccionaba la Constitución republicana y apuntaba los males que, en su opinión, la Historia demostraría que no andaba muy desencaminado, traería a España una Constitución que, para él, contenía una serie de puntos que podían resultar peligrosos para el futuro del país.

Algunos de estos males en potencia, que Ortega achacaba al radicalismo de buena parte de los redactores del texto, contribuyeron en su medida a la tragedia de la guerra civil pero otros, sepultados por la dictadura franquista, fueron retomados durante la Transición y son vividos a diario hoy en día: «si la Constitución crea desde luego la organización de España en regiones, ya no será la España una, quien se encuentre frente a frente de dos o tres regiones indóciles, sino que serán las regiones entre sí quienes se enfrente».

Pero más que analizar las circunstancias del régimen republicano del 31, que como hemos dicho son muy diferentes a las actuales, resulta más interesante fijarse en las soluciones que presentaba entonces Ortega, pues si bien nuestros problemas son diferentes, nuestros vicios son prácticamente los mismos.

Ortega pedía encarecidamente un «Estado integral», superior a cualquier tipo de partidismo, con partidos de amplitud nacional que dirigiesen la «revolución», sin caer en el regionalismo, el anticlericalismo o los intereses de clase. Una petición que era lógica entonces, frente a una República partidaria en muchos aspectos, y que también lo es hoy frente a los que quieren imponer sus ideas rompiendo el consenso de la Transición.

Hoy muchos españoles, como Ortega en otro famoso artículo, que colaboraron en el advenimiento de la democracia tras la muerte de Franco, como el pensador con la República, exclaman desasosegados y descontentos, como el filósofo entonces, «¡No es esto, no es esto!» ante un sistema que navega entre la corrupción y la inoperancia.

Y la solución, como entonces, no es cambiar un régimen por cambiarlo, como si por arte de magia se solucionasen nuestras malas costumbres, sino trabajar desde una perspectiva nacional, rectificando nuestro sistema, siempre desde el diálogo y la concordia, sin radicalismos. Pues como el propio Ortega dejó escrito, quizás viendo venir lo que se avecinaba, «la República es una cosa. El ‘radicalismo’ es otra. Si no, al tiempo». Sólo desde esta perspectiva, cercana al espíritu de la Transición, podremos reconstruir nuestro Estado sin volver a caer en los errores de siempre.

 

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