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Pemán y la fragua de Vulcano (ABC de Sevilla)

Publicado en 10/09/2015 | Por Cristóbal Villalobos | ABC, Artículos, Historia, Literatura, Política

En 1939, “Año de la Victoria”, don José María Pemán, director de la Real Academia Española, dirige una oración por el alma de los académicos fallecidos durante los años de la guerra. No se olvida ni de don Miguel de Unamuno ni de don Antonio Machado, ambos proscritos, después de muertos, por un franquismo que se iniciaba durante aquellos días y al que todavía le restaba mucha sangre por derramar. Iniciaba don José María su propia reconciliación nacional, pues él, como pocos, supo recoger las palabras que dejó en herencia Manuel Azaña: Paz, piedad y perdón.

Hoy, unos iletrados han condenado su busto al ostracismo de un sótano municipal: “Por fascista y asesino”.  Ajusticiado post mortem y en rebeldía, por unos concejales de Izquierda Unida, de Podemos y  por una alcaldesa socialista que dice saberse versos de Alberti, pero no de Pemán, ya que  es “evidente que su argumentario era favorable al régimen de Franco”, como si el  escritor gaditano, famoso en su día por sus dotes  para la oratoria, hubiese necesitado de argumentario alguno para defender sus ideas y cómo si la poesía pudiese medirse con parámetros ideológicos. Qué triste.

Cierto es, como él nunca  negó, que, durante la Guerra Civil, Pemán apoyó al bando franquista, su conservadurismo y catolicismo así se lo impusieron, y enalteció la sublevación militar del 18 de julio en una obra horrenda, su “Poema de la bestia y el ángel”, que si bien fue encumbrada por los franquistas, hoy es toda una condena literaria. Unos versos militantes, tan malos como los de Alberti desde la otra trinchera, que le acompañarán tristemente siempre.

Pero Pemán  era mucho más que eso. Conocido poeta ya en los años veinte, obtuvo también gran éxito como dramaturgo, principalmente con su obra “El divino impaciente”, estrenada en 1933, y como articulista, uno de los mejores de la historia de España, lo que le llevó a participar activamente en la política nacional desde el reinado de Alfonso XIII hasta su muerte, en 1981.

En su obra, desde el punto de vista ideológico, se reflejan sus hondas convicciones católicas y monárquicas, que le llevaron a presidir durante varios años el Consejo Privado de don Juan de Borbón y a trabajar por la restauración de la monarquía en nuestro país, una monarquía de tintes liberales como la existente en otros países de Europa, por lo que tuvo que hacer constantes juegos malabares con el franquismo, siempre con su afilada pluma, y normalmente desde sus terceras de ABC.

Francisco Umbral dejó escrito que el género genético de Pemán era el artículo “y más aún, el artículo para ABC, y más aún para los domingos”, desde donde se burlaba del fascismo y el franquismo a la vez, desde una derecha liberal y católica. Un volteriano de derechas, como D´Ors, con mucha cultura y gracia andaluza, un De Maistre o un Claudel o un Montherlant, “uno de esos grandes derechistas franceses a quien todo el mundo reconoce el talento, aunque nadie vaya a misa.”

No hay mucha gente en España que haya escrito como el gaditano, hasta después de muerto, pues se publicó su última tercera en ABC al día siguiente de su óbito. Como un testamento político, el artículo, publicado el 20 de julio de 1981 bajo el título de “Apolo visita la fragua de Vulcano”, nos dejaba una muestra de sus ideales liberales y monárquicos, tan alejados de los que hoy quieren imponerle a su memoria.

Cuenta don José María como Franco salía del Teatro de las Cortes, en el cual se había celebrado una representación “político-literaria” en honor de las Cortes de Cádiz, cuando se cruzó con el alcalde de San Fernando:

― Muy bien, señor alcalde, pero convendría ir olvidándose de todo eso de las Cortes de Cádiz, que es liberalismo y que está ya pasado.

Para Franco, escribía el gaditano, la cuna del liberalismo español era algo así como la fragua de Vulcano: un infierno lleno de oscuridades y herreros sudorosos. Vulcano no era un dios, sino un herrero pintado por Velázquez con premoniciones de huelgas, conflictos colectivos y reclamaciones sindicales.

Pero a pesar del dictador, la condición liberal había vuelto a España y la joven democracia de 1981 era un moderno dios Apolo que bajaba a los infierno de Vulcano para sacar a la luz reclamaciones salariales, acritud sindical y herreros sudorosos.

El Rey Juan Carlos, concluye Pemán, le ha dado la mano al pueblo de las Cortes de Cádiz y ha concluido con dos siglos de incomprensiones, de dictaduras, de pronunciamientos y de guerras civiles.

Ya ven, todo un fascista y un asesino. Quizás, piensen algunos concejales, lo suyo sería mandar su busto a la fragua de Vulcano, donde podría fundirse y reencarnarse el material en una efigie de futuro. Vayan imaginándose lo nombres de los posibles homenajeados.

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