Douro

Saudade de Guindais

Publicado en 03/10/2013 | Por Cristóbal Villalobos | Artículos, Literatura, Música, Otros

Hordas de turistas bajan de los aviones low costde cierta compañía irlandesa, deseosos de tomar aire tras una travesía enlatada que el precio del billete parece compensar. Veloces, en un trepidante viaje a vida o muerte, salen del moderno aeropuerto europeo y suben a un más moderno y cómodo metro que les conducirá al centro.

En la ciudad, hace unos años Capital Europea de la Cultura, todos confluyen en la Ribeira, un breve muelle a orillas del Duero, el Douro, en el que se oyen más voces en español que en portugués y que, pese a los siglos de historia y la belleza innegable de su decadente paisaje, me recuerda al puerto de cartón piedra de Isla Mágica, el parque temático eternamente deficitario de Sevilla.

Allí todo queda más o menos a unos dos kilómetros cuadrados, o algo así me dijo Google Maps. Los visitantes se afanan en correr de un lado a otro, con el tiempo justo para probar un Oporto o coger un crucero por el río. Cerca de mi hotel, las murallas fernandinas. Me despisto como casi siempre, mi sentido de orientación es pésimo, y llego a un barrio de esos a los que  sólo arriban turistas perdidos o que, como yo, no tienen la más mínima capacidad de orientarse fuera del salón de casa.

Es Guindais, un laberinto de recovecos y adarves de herencia mora, un microcosmos dentro de un romántico y decadente decorado. Un lugar de esos que conserva la esencia  y la verdad, donde se entienden muchas cosas.

El barrio es una bajada continua, un serpenteante ramillete de callejuelas que descienden cientos de metros de colina hasta llegar al Duero. Los guiris cruzan Guindais  en el elevador, pero yo me pierdo por los callejones y me cruzo con gatos que saltan por  las tapias aprovechando los desniveles del terreno. Entre el silencio y la soledad de los empedrados una mujer tiende en  la ventana y su chiquillo, que sueña con salir del barrio, o con quitarle el techo de uralita a la casa, juega a la pelota mientras un concurso televisivo sirve de banda sonora a la tarde y se mezcla en el aire con la sal del río, que es como un Atlántico domesticado.

En el horizonte la vista te descubre el inmenso Portugal, que desde las curvas del Douro cruza el océano hasta el Amazonas. Bodegas, barcos, palacios e iglesias de una ciudad que navegó y comerció con medio mundo. A los pies, entre casas alicaídas y tristonas, salpicadas por humedad y hambre, la saudade de un pueblo que pudo ser y nunca ha sido tiene su bandera y su metáfora en los trapos de los balcones.

Nos reciben extrañados, pero amables y acogedores, en la sede de un club de fútbol de barrio: el Guindalense Futebol Clube, que prepara una noche de fados en su terraza sobre el río. Los guindalenses se ponen sus mejores galas, beben cerveza y escuchan, en un silencio melancólico, a los siete fadistas que, como número bíblico, se dejan el corazón y la garganta.

Llega algún turista. Les atienden con simpatía, pero aquello no es un bar, no hay casi ninguno cerca, y acaban por marcharse. Yo me bebo cuatro horas de fados con una botella de vinho verde y la vista puesta sobre Vila Nova de Gaia, al otro lado del Duero.

Entrada la madrugada, la velada va llegando a su fin. La única fadista canta por Amalia Rodrigues y el público, consciente de que el fado es la historia de sus vidas, le hace el coro en la materialización de un vocablo que es el alma de aquellas tierras: la saudade. La nostalgia de una felicidad pasada, la resignación del presente y la esperanza del futuro en  las entrañas de un pueblo cargado de lirismo para el que todo es fado.

Perguntaste-me outro dia
Se eu sabia o que era o fado

(…)

Almas vencidas
Noites perdidas
Sombras bizarras
Na Mouraria
Canta um rufia
Choram guitarras
Amor ciúme
Cinzas e lime
Dor e pecado
Tudo isto existe
Tudo isto é triste
Tudo isto é fado

Cristóbal Villalobos @cristobalvs // Publicado en Cuaderno de Lluvia @cuadernodlluvia

 

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